RINCONES DE LA MEDITACIÓN

Andrea Mayren Azón – Psicóloga sanitaria y profesora de Yoga, Yogaterapia y Mindfulness.

Desde luego hay que ser curioso, o estar un poco loco para 
ponerse a meditar:
-¿Te sientas y qué haces?
Nada…
-¿Nada?
Nada.
-¿Pero harás algo?
No…
-¿Pensarás en tus cosas?
Intento no hacerlo.
-¿Imaginarás historias o...pensarás que hacer si te toca la lotería?
No…
-¿Nada? (atónito)
¡Nada! (sonriendo)
-Pues no lo entiendo (turbado)
¡Yo tampoco! (sonriendo y tranquilo).

Recuerdo cuando era niña, y no tan niña, que cerraba los ojos e inventaba tramas interesantes, románticas o viajeras, para no aburrirme o poder conciliar el sueño. En realidad, soñar despierta es fantástico, pero me he dado cuenta de que desde que medito y práctico yoga lo hago menos y me siento mejor. La creatividad y la fantasía son ahora utilizadas para otros fines, como el laboral y personal. Son enormes tanto mi creatividad como mi niña interior, pero ya no siento que escape de nada o necesite otra vida, otro cuerpo, otra realidad social. No obstante, como humana y loca que soy, en ocasiones busco estímulos externos que hagan estallar la viveza en mi interior, y a veces eso en mi pasado supuso un laberinto, cuanto más viva deseaba sentirme más inerte me volvía, no eran las formas adecuadas.

Huimos del presente continuamente y no nos damos cuenta, nos proyectamos al final de la jornada de trabajo, al verano con un super viaje, al fin de semana con una quedada, al futuro con más dinero, éxito o amistades. Las experiencias externas y la sobrestimulación nos catapultan lejos de nosotros mismos, y lejos de la única posible felicidad existente, que es aquí y ahora.

Tal vez hemos confundido felicidad con paz interior, con serenidad, con santosa (aceptación ecuánime). Tal vez hemos confundido cantidad con calidad, y lo externo con lo interno.

Uno de los mejores regalos que pude hacerme es descubrir que la intensidad, la desbordante emoción y una apariencia perfecta son la trampa del ego como la miel para la mosca. Aún a veces me despisto, pero los años de trabajo personal son una delicada rampa que me vuelve a hacer deslizar una y otra vez hacia mí, sin máscaras, sin pretensiones, sin aquello que tanto perseguí antes de saber que no lo necesitaba para nada en absoluto.

Tal vez estés reflexionando, y así lo deseo, cuáles han sido tus distracciones, tus trampas, tus deseos de ser lo que no eres, y tu inmenso esfuerzo en vano para agarrar sin éxito aquello que tanto valoraba tu ego.

Y soltar, soltar, soltar… hasta empezar a volar ligero, con menos miedo, hacia la emotiva belleza de lo que sí eres y de lo que sí te es legítimo. El ego necesita, el SER anhela.

Si meditas, puede que llegues a declinarte irremediablemente por una vida digna, humana y pura, por la rampa dulce y agradable de serte fiel, de ser tu propio amor y tu amado, de rendirte a tu existencia.

Meditar es un arte, el arte de transformar al meditador sin que lo intente, sin que busque nada, sin que haga más que ser consciente, sentir y soltar. ¡Y qué difícil! Nosotros que siempre hacemos las cosas “para” algo, esperando el resultado, el sentido, la recompensa; ahí está el arte.

Meditar desafía todas las leyes racionales y de la lógica mental, no hay respuestas, no hay un consejo de sabios con soluciones para ti. También pone al descubierto, y esto me encanta, tus contradicciones, tu locura.  Estás tú y solamente tú, y contigo la posibilidad de descubrir el universo que hasta ahora conocías a través de tus sentidos externos.

No nos habían contado que hay otro sentido, casi inexplicable, mediante el cual te acaricias por dentro, comprendes sin necesidad de explicar, y abres los ojos sintiendo algo que sólo puedo describir como magia, espiritualidad o AMOR en mayúsculas.

¿En qué crees? ¿y por qué?

¿En qué te inspiras para hacer cada día valioso?

¿En qué pensamientos te apoyas y cuáles rechazas?

Si no nos conocemos mal vamos, conocerse es observar, y cuando observas, si no dejas que tu ego se ponga a estropearlo queriendo arrancar los hierbajos del jardín. Si dejas, aceptas, incluso bendices las cosas como son y no como al miedo le gustaría que fuesen.

El miedo dirige nuestra vida y tampoco nos damos cuenta, rechazamos todo aquello que nos parece que puede ser negativo, doloroso o simplemente inadecuado. La pobreza de nuestras habilidades no desarrolladas nos convierte en impulsivos, impacientes, juiciosos y dependientes del orden y la comodidad. No soportamos los obstáculos, el necesario error, las conversaciones incómodas…y experimentamos frustración cuando la vida no sale como en nuestras historias mentales, que es casi siempre.

Vivimos en la cabeza intentando controlarlo todo antes de que ocurra y lamentándonos después porque no ha ocurrido. Vivir en la cabeza es muy tentador, pero es completamente absurdo e inútil. Atraparte en los pensamientos y en la no aceptación te dejarán abatido, aislado e infeliz.

¿No es mejor “bajar” al cuerpo, al corazón, bajar a la vida y vivirla, como mejor sepas y puedas? ¿Y expresar de una y mil maneras tu esencia en interacción con el presente, asumiendo toda posibilidad pero asegurándote ser quién eres? Para así no dejar pasar el instante justo en el que la palpitante energía que corre dentro de ti te pide con fuerza irrefrenable: pedir, decir, saltar, callar, abrazar, negarte, sentir, sonreír, dejar ir, ofrecer, mirar a los ojos, agradecer, bailar, acariciarte, probar, atreverte, pintar, respirar… y tantas tantas tantas cosas.

Tal vez si fuéramos más libres y viviéramos en el presente no tendríamos que pasar tanto tiempo en la cabeza intentando compensar nuestros temores o buscando fuera las satisfacciones.

Ese “yo” con el que nos identificamos y que no es nuestro verdadero yo, se va tornando transparente a medida que la meditación nos cubre con su manto de confianza. Ya no es el miedo, vergüenza o rechazo los que guían tu camino, sino la fluidez de un YO que respeta toda manifestación de la vida y se ocupa de su devenir y su luz, de tu devenir y tu luz.

Meditar solo es único, meditar en grupo es especial. Tener un grupo de meditación es tener un tesoro. La meditación grupal impulsa muchos aspectos, entre ellos la liberadora experiencia de olvidarte de ti. Ese “olvido de mi” es una gloria en el espíritu y una expansión para el alma.

Es de vital importancia el papel de la terapia psicológica, emocional y física. La meditación es la herramienta, pero la terapia es la técnica. Sin la técnica es mucho más difícil saber utilizar la herramienta, y puede que te quedes con una sensación de extrañeza o desconfianza. Es necesario saber el contexto y tener el apoyo de libros, maestros, terapeutas… Hay ciertos aspectos de ti a los que no puedes llegar tu solo, igual que no puedes ponerte una tirita en la espalda. En lo que se refiere a la salud “el otro” se convierte en una figura indispensable. Tener la humildad y el valor de dejarse ayudar es el primer paso para la paz. Dejar que alguien con su experiencia previa, sabiduría y sobretodo su tierno cuidado, te coloque la tirita sobre esas zonas magulladas, que un día contarán tu excepcional proceso de transformación. Cuando la tirita cae, esos dos seres humanos sienten un AMOR profundo que es incomparable e inexplicable…

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