Seres resilientes

Escrito por Claudia García – Psicóloga Sanitaria

Vann Nath, fue un conocido artista camboyano que vivió en primera persona uno de los peores traumas que un ser humano puede sufrir. Entre 1975 y 1979 el régimen de los Jemeres Rojos asesinó entre 1,5 y 3 millones de personas en Camboya. Él fue llevado como prisionero a la cárcel S-21, junto con otros 20.000 presos. Tan sólo 16 sobrevivieron al internamiento y las torturas. Vann Nath fue uno de ellos. Después de la caída del régimen, la cárcel del horror del S-21 pasó a convertirse en un museo en donde dar a conocer el genocidio que sufrió el país. Vann Nath pintó los horrores que había vivido y volvió a menudo a la cárcel en donde había sido torturado para dar a conocer la historia. “Vann Nath luchó toda su vida para que se hiciera justicia, para que se escuchara a las víctimas y para que se supiera la verdad. Testificó e hizo frente a Duch. (…) Su lucha es para todos nosotros un modelo de integridad y esperanza..

Extracto del artículo de El País (7 septiembre 2011).  Vann Nath, superviviente del terror jemer.

Este ejemplo es tan sólo un ejemplo más de cómo el ser humano es capaz de sobreponerse, de levantarse, de salir adelante, incluso fortalecido, de los peores traumas imaginados. El ser humano está diseñado con un sistema inmunológico emocional a prueba de bombas: la resiliencia. La palabra resiliencia viene del latin “resilio, resilire” que significa saltar hacia atrás o rebotar. De hecho, la psicología ha rescatado este concepto desde la física, para explicar la capacidad de un material de recobrar su forma original después de haber sido sometido a altas presiones. Los materiales flexibles son capaces de, una vez ha finalizado la perturbación, recobrar su estado o forma original. Esa misma capacidad es la que tenemos las personas y a lo que denominamos resiliencia. Así, no tendría tanto que ver con la dureza o la resistencia a las situaciones difíciles (invulnerabilidad al estrés) sino con la recuperación de estos eventos (Garmezy 1991).

En el campo de la psicología, las primeras investigaciones en las que se usó el concepto de resiliencia fueron realizadas para estudiar la adaptación de hijos/as de madres con esquizofrenia (Garmezy, Masten y Tellegen, 1984 y Garmezy, 1991). Ese término resultó interesante para comprender el fenómeno por el cual niños y niñas que habían estado expuestos a las mismas condiciones de deprivación, guerra o abandono parental, respondían de manera diferente. En algunos de ellos, estos contextos hacían mella en su desarrollo posterior, mientras que otros conseguían convertirse en personas adultas funcionales.

En psicología, la investigación en resiliencia ha comenzado a cobrar importancia en la década de los 90 y principios de los 2000. Ha habido muchos intentos de aislar los componentes o las características de personalidad que puedan explicar las diferencias entre personas. También ha tenido muchos detractores, arguyendo principalmente que es un concepto difícil de medir e imposible de aislar de otras variables psicológicas.

Más allá del debate teórico, es innegable que es un constructo complejo pero que habla de un fenómeno que vemos en la historia, la práctica clínica y en nuestra vida en general: personas que demuestran una capacidad de adaptación asombrosa a situaciones potencialmente devastadoras.

Pero, ¿y si en origen estamos diseñados para ser resilientes? ¿Y si el proceso resiliente no estuviese reservado para unas cuantas personas excepcionales, sino que, fuera un proceso de adaptación normal y adaptativo del que disponemos todos y cada uno de nosotros/as?

Nuestra capacidad natural de adaptación

Galea (2002) evaluó la presencia de estrés postraumático (TEPT) en personas que habían vivido de cerca el atentado de las torres gemelas el 11-S. Encontró que un mes después del atentado, el 7,5% de las personas que entrevistó cumplía los criterios del trastorno. A los 4 meses, el porcentaje había bajado al 1,7%. A los 6 meses, tan sólo el 0,6% de las personas presentaba estrés postraumático.

Muchos autores enfatizan que la resiliencia es una herramienta habitual de adaptación humana (Masten & Powell, 2003). De hecho, se han hecho diversos estudios con personas que han sufrido accidentes y han quedado paralizadas, con ceguera, etc. Los datos nos señalan que alrededor de un 85% de las personas afectadas por una experiencia traumática seguirían un proceso de recuperación natural y no desarrollarían ningún tipo de trastorno (Bonanno, 2004).

Todos estos datos sugieren que los seres humanos disponemos de un sistema de adaptación psicológico que nos protege, al igual que nuestro sistema inmune, de las agresiones del exterior y nos permite recuperarnos y adaptarnos a las nuevas situaciones. Este sistema, además, parece estar presente en todas las personas pero ¿qué habilidades tienen que ver con ella?

El modelo de Knight (2007)

Según el modelo de Knight, la resiliencia sería un constructo tridimensional. Esas tres dimensiones o competencias serían fundamentales para poder afrontar situaciones desafiantes en nuestra vida y salir fortalecidos de ellas.

Por un lado, la competencia emocional nos ayudaría a reconocer nuestras emociones y regular nuestra respuesta emocional. Cultivar un concepto positivo de nuestras propias habilidades y usar el sentido del humor nos ayudaría en este sentido.

En relación a la competencia social, contar con relaciones sociales estables y valiosas que sirvan de apoyo parece fundamental para poder salir airosos de momentos difíciles.

Y finalmente, la orientación al futuro parece otra dimensión clave para recuperarnos. Ante una situación devastadora, contar con una orientación vital, una idea o propósito de por dónde queremos dirigir nuestra vida resulta fundamental. Una vida basada en valores ofrece una dirección necesaria que nos ayudará a encontrar soluciones, adaptarnos a la nueva situación y construir una vida valiosa.

Estas competencias están presentes en mayor o menos medida en todas las personas y, lo más importante, podemos aprender a potenciarlas.

Para afrontar una situación difícil desde un proceso resiliente, lo primero es reconocer que las situaciones que vivimos nos van a producir dolor. Es decir, todas las personas vamos a experimentar una respuesta emocional aversiva.  Tomar conciencia de cómo nos ha impactado es fundamental para elegir cómo responder ante ello. Así mismo, conectarnos con los demás, dejarnos ayudar, rodearnos de gente que queremos, puede ser un recurso valioso que nos permita lidiar con emociones dolorosas y sentirnos apoyados.

Por último, resignificar la experiencia de dolor de forma que ésta nos haga crecer, aprender, cambiar o reconectar con lo verdaderamente en la vida es la última pieza clave del proceso adaptativo. Es decir, construir una vida valiosa, independientemente del trauma e incluso, en ocasiones, gracias a él. Hay infinidad de ejemplos, como el del artista Vann Nat que nos muestran cómo es posible generar algo valioso de una experiencia traumática, de cómo otorgar valor al dolor.

Y es que, estamos diseñados para sobrevivir y para recuperarnos. Confiemos, entonces, en nuestros propios recursos: somos seres resilientes.

“Cuando un grano de arena penetra en una ostra y la agrede hasta el punto que, para defenderse, esta debe secretar el nácar redondeado, la reacción de defensa da como resultado una perla preciosa.”

Boris Cyrulnik.
Otros artículos

Bibliografía

Becoña, E. (2006). Resiliencia: definición, características y utilidad del concepto. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica. Vol. 11, nº3, pp. 125-146.

Bonanno, George. (2004). Loss, Trauma, and Human Resilience: Have We Underestimated the Human Capacity to Thrive After Extremely Aversive Events?. The American psychologist. 59. 20-8.

Brickman P. & Jannoff B. (1978) Lottery Winners and Accident Victims: Is Happiness Relative? Journal of Personality and Social Psychology Vol. 36, No. 8, 917-927

Cabanyes, J. (2010). Resiliencia: una aproximación al concepto. Revista de Psiquiatria y Salud Mental, 3 (4): 145-151.

Garmezy, N. (1991) Resilience and Vulnerability to Adverse Developmental Outcomes Associated with Poverty. Ame- rican Behavioral Scientist, 34, 416-430.

Garmezy, N., Masten, A., Tellegen, A. (1984). The Study of Stress and Competence in Children: A Building Block for Developmental Psychopathology. Child development. 55. 97-111.

Galea, S., Ahern, J., Resnick, H., Kilpatrick, D., Bucuvalas, M., Gold, J., Vlahov, D. (2002). Psychological Sequelae of the September 11 Terrorist Attacks In New York City. New England Journal of Medicine. 346.

Knight, C. (2007). A resilience framework: perspectives for educators. Health Educ, 107, pp. 543-555.

Masten, A. S., & Powell, J. L. (2003). A Resilience Framework for Research, Policy and Practice. In S. S. Luthar (Eds.), Resilience and Vulnerability: Adaptation in the Context of Childhood Adversities (pp. 1-26). New York: Cambridge University Press.

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