SOLEDAD… SOLEDADES

Escrito por Norwin Vega Talavera – Psicólogo sanitario

“Nunca pensé que lo peor de hacerse mayor sería la soledad”

Al hablar de soledad normalmente atendemos a su carácter negativo.

La frase anterior podría expresar la importancia de no sentirse solo, de tener con quien compartir la vida. Actualmente la soledad no es una cuestión exclusiva de personas mayores como más adelante veremos en el llamativo síndrome de Hikikomori.

La soledad tiene una función adaptativa. Cuando presenta su carácter negativo puede llegar a anular totalmente a quien la siente. No obstante, no siempre es negativa, se puede disfrutar y tener una función positiva en nuestra vida diaria o en momentos importantes donde es necesaria.

Antes atenderemos a unos conceptos clave para comprender un poco mejor el sentimiento de soledad.

  • Temporalidad

La funcionalidad de este sentimiento viene determinada por el tiempo en el que es necesario. Es decir, al igual que todas las emociones tiene un tiempo y unas situaciones en las que su aparición es necesaria pero, si se prolonga fuera de la situación donde se enmarca, este sentimiento se vuelve disfuncional. Así, ante una ruptura sentimental, el aislamiento parcial es una reacción normal, no obstante, prolongar este aislamiento más allá del tiempo necesario para aceptar la situación genera un mayor malestar e incluso agrava la situación.

  • Elección

En el carácter positivo de la soledad, estos momentos se eligen con intención de disfrutar de tiempo para nosotros mismos. En el carácter funcional es, en ocasiones, elegida. En otras, como reacción natural, el mismo sentimiento lleva al aislamiento (por ejemplo: un duelo). Cuando no es elegida, sino que responde a situaciones donde la soledad es “obligada”, entonces aparece el carácter negativo y disfuncional.

  • Compartir

Compartir nuestro mundo, nuestros intereses, nuestros objetivos, ilusiones, tristezas, nuestra alegría, compartir y colaborar. Disfrutar de los demás, contar con los demás, confiar en los otros, en definitiva, las relaciones con los demás, diferencia la soledad física de la soledad de sentimiento.

Soledad positiva

“Soledad: Un instante de plenitud” – Michel de Montaigne

En los siguientes párrafos veremos cómo la soledad tiene muchos aspectos positivos: Sigue leyendo

La dictadura de la normalidad en el orgasmo femenino

Escrito por Carolina García Cuartero – Psicóloga sanitaria

Tras los últimos libros que he leído, no ha dejado de retumbarme una idea en la cabeza respecto a la sexualidad femenina, “la dictadura de la normalidad”. No ha pasado un día en el que no haya resonado ese eco detrás de una conversación, una película  o simplemente un vistazo a las redes sociales.

Cada vez que pienso en ello, viajo hasta 1905 para visitar a  Sigmund Freud. Este controvertido psicoanalista, desde su afán por conseguir la cuadratura del círculo, elaboró un paradigma de la sexualidad femenina basándose en la anatomía de la mujer. Determinando así, que para conseguir la plenitud y madurez, se debe transferir la consecución del orgasmo del clítoris a la vagina. Esta construcción de la normalidad orgásmica supone un sometimiento cultural de importantes dimensiones. Dibuja la ruta por la que la mujer debe caminar, condenando a la “despectiva rareza” a toda aquella que no lo haga.

Regreso de mi viaje habiendo encontrado la primera imposición  de está la dictadura: hay que tener orgasmos con la vagina.

Para obtener la segunda, pero no por ello menos inquietante, debo viajar hasta 1928 y visitar al reconocido escritor D.H. Lawrence, quien no conforme con dicha teoría decide ampliarla añadiendo la siguiente idea: El mejor coito es aquel en el que el orgasmo se produce de manera simultánea. Ya no es suficiente con llegar a transferir los orgasmos del clítoris a la vagina, sino que además, hay que tenerlos justo en el momento en que los tiene la otra persona. Sigue leyendo

La trampa de Barba Azul

Escrito por Aurelia Mailat – Trabajadora social

Los seres humanos no somos conscientes del poder que tenemos, nos pasamos la vida analizando, interpretando, planificando, anticipando… todo lo que esté en nuestras manos para no sentir, lo haremos.

Vivimos anestesiados, somos capaces de ver las noticias y seguir comiendo, de pasear mirando sin ver, de seguir buscando alternativas que apaguen nuestro dolor, lo repriman y lo congelen, todo para no sentir.

Aquí os traigo un trocito de “mi sentir” comenzaré narrando el cuento de barba a azul a mi manera y de forma resumida (si os aparece conocer la historia más en profundidad os recomiendo “Mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola) es un cuento que nos traslada a lo que nos ocurre a todas y todos, todos somos presas de nuestras trampas mentales, ataduras que nos hacen caer en experiencias, en hoyos, en agujeros, en la oscuridad.

Me sorprende ver como todos nos culpamos por caer en esas trampas, nos culpamos por pasar tiempo en el dolor, por vernos limitados, por sentir que no valemos, que no somos funcionales y que incluso nuestra vida no tiene sentido, cuando el dolor llega todo se inunda y se contagia ¿y qué hacemos? Culparnos, echarle más dolor al dolor, y todo porque nadie nos ha enseñado a sufrir y a poder autgestionarnos esa herida que duele y desgarra.

¿Pensáis que el dolor se calma con rechazo, odio, miedo y culpa? No parece muy lógico, pero es un sistema aprendido en esta sociedad, se supone que cada uno se tiene que hacer cargo de su dolor, si sientes dolor come, si sientes dolor fuma, medita, haz yoga, deja el trabajo, deja a tu pareja, aléjate de tu familia… el único recurso somos nosotros mismos, pero la mente puede decirte que hagas que hagas y que hagas… de nuevo hacer para no sentir, ¿y si empezamos por dejar de hacer?

El cuento del que voy a hablar y el que pretendo llevar a nuestra generación, a nuestro aquí y ahora, es algo parecido a lo contado, nuestros protagonistas se van a ver embaucados en miles de trampas mentales, donde la intuición, el olfato, en sentir y la escucha de nuestros antepasados se quedan totalmente fuera de los recursos que puedan tener.

Ahí va:

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Los orígenes del apego y el cuidado

Escrito por Claudia García Martínez – Psicóloga sanitaria

Es posible que a estas alturas más de una y de uno en AFDA nos haya ya escuchado hablar de compasión o de autocuidado. Son términos que están en auge y no en vano, pues están convirtiéndose en potentes herramientas terapéuticas. Los avances en neurociencia y psicología nos permiten comenzar a mapear en el entramado de nuestro cerebro las autovías neuronales por las que discurren nuestros instintos de supervivencia, preservación, y también de apego hacia los demás.

El psicólogo Paul Gilbert (2009) identifica que las personas tenemos al menos tres sistemas de regulación emocional importantes. El primero, relacionado con el sistema de amenaza, hace saltar la alarma cuando hay algún peligro en el ambiente (o anticipamos que lo pueda haber). El segundo sistema, el del logro, nos permite dirigirnos hacia metas tanto diarias como a largo plazo, obteniendo esa sensación de satisfacción cuando conseguimos realizar las tareas que teníamos programadas. Ambos sistemas son de extremada importancia porque, en el sentido más primitivo, nos permiten mantenernos con vida. Sin embargo, en mamíferos existe un tercer sistema, más moderno a nivel evolutivo (tan sólo 80 millones de años) que explica mucho sobre nuestra naturaleza: el sistema de calma y cuidado.

naturaleza leon

¿Quién no ha visto algún documental de La 2? Pensemos en una leona con sus cachorros, un grupo de chimpancés, una manada de lobos ibéricos o cualquier otra especie gregaria. Todas ellas tienen increíbles instintos de supervivencia y proveen con uñas y dientes tanto el alimento como la protección  a la prole cada vez que se hace necesario. Pero ¿qué sucede cuando ya están alimentados y no hay depredadores o enemigos merodeando? Que comienza el reposo y el juego.

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La falacia de mundo justo, la crisis y la profecía autocumplida.

Escrito por Roberto Buil – Psicólogo sanitario

“Cada uno tiene lo que se merece”, “la vida pone a cada uno en su sitio” y un largo etcétera de dichos y refranes, sostienen uno de los sesgos cognitivos que, ya sea como justificación de la situación de los demás o como venganza de una fuerza invisible futura, más arraigados está en nuestra sociedad.

Este sesgo cognitivo es en realidad muy beneficioso para el funcionamiento de las personas en situaciones normales. Evita el miedo a la incertidumbre: “si me comporto bien me pasaran cosas buenas”, “algo habrá hecho para que le pase…”, y por lo tanto “eso no me puede pasar a mí” y por otro lado evita que la ira y el odio contra los que nos perjudican nos consuma y nos cause consecuencias negativas, dejando nuestra sed de justicia para que se encargue, en el futuro, una fuerza sobrehumana, ya sea la vida, un dios o la muerte.

Estudios muestran que aquellos que creen en un mundo justo tienen más probabilidad de creer que las víctimas violadas han debido comportarse de manera seductora, las mujeres maltratadas tuvieron que merecer los golpes, que las personas enfermas se han causado su enfermedad con sus actos o que los pobres se han buscado su pobreza, todo porque el mundo es justo y pone a cada uno en su sitio.

Como decimos en condiciones normales, este sesgo nos ahorrará muchos quebraderos de cabeza; pero, ¿qué pasa cuando nos vienen mal dadas? Cuando somos nosotros los maltratados, enfermos o pobres. Entonces se producirá lo que conocemos como disonancia cognitiva. cuya solución se dirigirá o hacia el fin de esta creencia sesgada o bien hacia un descenso de la autoestima y sentimientos de culpabilidad.

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